SALIENDO A VOTAR

NO sabemos aún cuál sea el resultado de la votación electoral. Esos datos serán objeto de análisis posteriores, una vez se conozcan oficialmente y el TSE y los medios de comunicación los hagan públicos. Por supuesto que tiene importancia extrema ese resultado. Pero esta vez, además de la disputa entre los partidos y de la competencia entre los aspirantes a cargos de elección popular, la gran interrogante que flotaba en el ambiente se centraba en torno a qué tan concurridas serían las votaciones.
En otros procesos electorales, la concurrencia de los ciudadanos era algo importante, pero no vital. Con tal que superase las cifras aceptables para establecer una voluntad. Hasta en las democracias ejemplo, en todo el mundo, los electores que concurren a las elecciones generales no superan el 48% de los ciudadanos registrados en el padrón electoral. Hay períodos de mayor afluencia debido a las circunstancias o a la motivación durante la campaña electoral, o al carisma de líderes excepcionales pero, por lo general, el abstencionismo es siempre un factor ineludible.
Los hondureños hemos sido sufragistas. Cuando en los años ochenta iniciamos el período de retorno al Estado de Derecho, las votaciones eran multitudinarias. Casi un mínimo de abstención. En la medida que los partidos fueron turnándose períodos administrativos en el poder, el abstencionismo fue creciendo en cada elección. Un poco atribuible a desgaste de las instituciones políticas, a la disparidad entre lo prometido en la campaña con lo cumplido, a la frustración de los electores porque sus expectativas fueron mayores que lo logrado. A la cantidad de compatriotas que se fueron del país, residen en el exterior, pero sus nombres permanecen en el registro de votantes. O porque las urgencias son demasiado inmediatas frente a las limitaciones de los gobiernos, o bien, porque la sociedad, una vez da por sentado el goce de ciertos derechos y libertades va volviéndose abúlica y desinteresada en la política.
Pero en esta ocasión, por lo atípico de las circunstancias, por todo lo que estaba en juego, cifrado al resultado de esta elección, pesaba en el ambiente la incertidumbre sobre la afluencia a las urnas. No es necesario profundizar sobre la naturaleza de las reticencias o de los temores, solamente reconocer que previo a la fecha fatal existió preocupación sobre el comportamiento de la ciudadanía. Tanto por los llamados para no acudir a las urnas, de un lado del espectro político como, del otro, la campaña incentivando a la participación y a la concurrencia. La gran incógnita era, si la gente saldría a votar, si los temores prevalecerían sobre la vocación cívica de los hondureños.
Sin embargo, hasta el momento de escribir estas líneas, lo que nos dicen, los informes que recibimos, lo que hemos observado de los lugares a los que hemos acudido, es que hay largas colas de votantes en todos lados. La afluencia a las urnas ha sido masiva en todo el país. Limitados incidentes, con las naturales excepciones, por supuesto; todo proceso electoral es imperfecto. Pero en términos generales, votando hay ricos y pobres, patronos y obreros, trabajadores y empresarios, viejos y jóvenes, adolescentes, miembros de la tercera edad y del “que bien te ves”, personas encumbradas y gente humilde; aplicados y barzones, universitarios, catedráticos, filósofos, artistas, letrados e iletrados, formales, bohemios y mecapaleros, pudientes y marginados, terratenientes y campesinos, urbanos, rurales y compatriotas de tierra adentro, hombres y mujeres, padres y madres (haciéndose acompañar de sus hijos y familiares), azules, verdes de distintos tonos y matices, amarillos, rojos y negros y colorados; en fin, el pueblo hondureño, voluntarioso, decidido y obstinado a que nadie de afuera le imponga pautas, está saliendo a votar por Honduras.
Editorial La Tribuna, Lunes 30 de Noviembre de 2009
| Próximo > |
|---|












