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José Saramago: Sigo siendo un campesino
Se titulan Las pequeñas memorias, y cumplen la promesa por partida triple: son cortas (150 páginas), acaban cuando el autor es aún pequeño (tiene 14 o 15 años) y son muy poco literarias; como si Saramago hubiera arrinconado al escritor para narrar su infancia. Ese niño contado parece curioso y espabilado, pero resulta difícil adivinarle un futuro brillante, y mucho menos de escritor. Parece destinado sin remedio a ser campesino u obrero. Quizá policía como su padre. "A los 14 años, no había dinero en casa y mi padre decidió que estudiara cerrajería mecánica. A mí me pareció bien y lo hice". El niño, llamado José de Sousa (en el libro se cuenta que Saramago se lo añadió por su cuenta un empleado borrachín del Registro: era sólo el apodo de la familia en la aldea), crece en un país campesino y analfabeto y, a su manera parca, incluso entretenido: las familias son muy numerosas, hay celos abundantes, caballos y perros, algunas rebeliones militares, y el régimen salazarista obliga a los escolares a vestir el uniforme de las Mocedades Portuguesas. También hay mujeres y niñas, a las que Saramago se aficiona pronto, y, sobre todo, dos abuelos maternos fantásticos: Josefa y Jerónimo. "Tuve la enorme suerte de tener aquellos abuelos, pero mis nietos no han tenido la suerte de tener abuelos así. Cuando llegó mi turno, no había aprendido la lección. Suelo decir 'yo no soy abuelo, sólo tengo nietos'. Y sé que soy un desagradecido porque sigo siendo el nieto de mis abuelos. Libros de este escritor de venta en METROMEDIA |
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